>05/03/07
>Los hijos
EL CAMINO ENCONTRADO
Por Verónica Varas (desde México)
A los 22 años me encontré nadando en una ansiedad casi aniquiladora. Todo en mí era un proyecto abandonado; mis estudios, el trabajo, los amigos, nada me conformaba (menos aún la familia). Mi actividad era pasar el tiempo de la manera menos pasiva posible, aunque en verdad, todo era pasividad en mí. Frustraciones, desgano, oscura visión del futuro me alienaban en un pensamiento desesperante.
Fue entonces cuando tomé la decisión, algo tenía que hacer. Salí de viaje con un destino corto y un final incierto. Nadie sabía, ni yo, cuánto tiempo estaría explorando lugares, personas, momentos… A los pocos meses sentí las mismas necesidades que antes de escaparme. Ahora no había nadie en particular que me molestara, pero debía compartir mis días con esos oscuros pensamientos que me hostigaban. Es cierto que los excesos borran el problema, pero lo hacen de manera superficial y el malestar se agrava al día siguiente.
Llegué a pensar que mi vida estaba destinada a un fracaso inevitable, que yo no era de esas personas de lucha constante; yo dejaba correr el tiempo. Donde quería, me movía, sin saber por qué e incrementando mi conducta de riesgo severamente. Nada parecía indicar que algo iba a cambiar; excepto los destinos, los personajes y las situaciones, todo se inclinaba en un hundimiento cada vez más profundo.
Parte de la lujuria se fue convirtiendo en un deseo estable… Todo comenzó en el momento de la duda. Los días pasaban y el temor aumentaba. ¿Qué haría yo, lejos de mi casa, perdida en mi conducta con una persona más a quien cuidar?
Desde ese preciso instante en que la discusión interna comenzó, un alivio casi desgarrador me liberó. Un aura mágica me conducía ahora, a la calma. Ya nada fue igual cuando casi sin darme cuenta, la decisión estaba tomada.
Paz, eso sentía. Hacía años que no podía conciliar el sueño tranquilo, feliz, conciente de descanso. El huracán se transformó en brisa y mi mente se fue hipnotizando con cuidados, mesura y planes. Mi semblante era otro, completamente distinto.
Nueve meses después mi alma cambió para siempre. Desde el preciso momento en que salió de mi cuerpo me conmovió por completo. Desaparecieron los miedos, las frustraciones, la autodestrucción. Un sentimiento me desbordó, tan fuerte como nada y tan poderoso para poderlo todo. Transformé positivamente un camino forjado hacia el futuro. Hasta el día de hoy, sé que absolutamente nada cambiaría por esto que soy afortunada en hacer: sentir el aroma, oír la risa y entender el llanto de mi mejor creación. Darle todo sin recibir más que su presencia a cambio.
Descubrir al final del duro camino, que mi existencia, mi felicidad y mis proyectos logrados siguieron la luz de quien me ilumina la vida: mi hijo.