>20/10/06
>El desarraigo
DONDE MIRA EL CORAZÓN
Por Verónica Varas (desde México)
Esa tarde, rumbo al aeropuerto, una angustia muy profunda se apoderó de mí. Hacía más de dos años que no mantenía mis pies sobre un mismo suelo, pero este viaje acarreaba algo distinto. Era un sentimiento inexplicable. Con mi hijo en brazos instalé el sueño y nos dormimos; cuando desperté, la mitad del vuelo había pasado. Sentía todavía una punzada fuerte en mi estómago, como si alguien me apretara los órganos.
Llegué a la monstruosa ciudad y otra vez me pregunté por qué me escapaba de la tierra que me había visto nacer. No lo sabía. Entendía que mi cuerpo se negaba a permanecer bajo la humedad eterna; había aceptado que no era “mi lugar”; que no me sentía bien allí, entre las calles perfectamente rectas.
Así pasaron los meses mientras un pie intentaba hundirse en el Río. No comprendía por qué me quedaba, siendo tan fuerte ese magnetismo que la tierra había instaurado ahora en mí. Nada parecía tan hermoso como el frío de las mañanas en agosto, los soles frescos en la primavera, los vinos, los mates, los árboles, las plazas, los cafés, los amigos. La familia, que me inundaba con nuevos nacimientos. Y aquí, sola, perdida en otro asfalto que yo no construí, preguntándome qué hacer.
Los porqués son imposibles de descifrar; esa angustia ya no está –o ya es parte de mí–. El entender que el cielo es el mismo es difícil, pero se logra con el tiempo. Ahora escucho a mi alrededor otro léxico, que ya comprendo y he aprendido a querer. Siento los olores que ayer percibía nauseabundos, y que hoy, huelo con gusto.
Me detengo en la arquitectura, en el gris del aire contaminado, en la tonada cotidiana. Me siento ajena, desconfiada, desolada a veces… Pasarán los años y yo seguiré aferrada a un espacio que tal vez elijo, pero no me conforma; pasarán los días, y con mi soberbia calificaré por debajo del merecido puntaje, cada acción de los que me rodean acá, lejos de allá; pasaré esta tarde nomás, y me preguntaré por qué me quedo, por qué no vuelvo, por qué me escapo, por qué prefiero ese vacío al encuentro con mi verdad.
No lo sé. Será un interrogante impreciso, por lo menos hasta que entienda que el tiempo perdido no se recupera y las necedades del ser son elecciones que pesan. Hasta que comprenda que hay una lucha natural que se esfuerza en devolver la raíz a su lugar.
Hay un alma que no cambia de escudo y aunque los días transcurran sin raíces, tengo el corazón viendo hacia delante, pero mirando, siempre, hacia el sur.
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