>07/08/06
>El amor
ELLA
Por Leonardo Peluso
Ella entró.
El gesto de acomodarte una cartera de lana violeta, mientras el pelo oscuro te bailaba en los hombros y tus ojos suavemente claros velando las miradas muertas de esa noche tan hosca, fue demasiado para mi desamparo ateo. Yo, que vivía de creencias desdichadas, sentí de inmediato el latigazo de un milagro; fue en el mismísimo momento que miraste donde estaban puestos mis ojos. Entonces, predicando religiones que no desempolvaba desde tiempos remotos, me convertí en militante feroz de la Biblia que rezaban los ángeles de tu encanto.
Le creí.
Te presentabas ante ese mundo chiquito de una noche cualquiera, tan inmensa y reveladora, que dudé muchísimo en acercarme sin tener razones altruistas. Tuve miedo a desafinarle feo a tu música. Pero la ansiedad me zapateaba las ganas. Entendí y luego decidí que lo mejor sería mirarte hasta cansarme y ver si algún pase de magia jugaba de mi lado. Al rato no aguantaba más ahí, tan lejos y tan cerca: hervía, saltaba y temblaba. Los pensamientos me sacudían el cerebro, me rengueaban las piernas y las manos se escapaban de mis brazos.
Me acerqué.
El silencio primero y luego que me hayas preguntado sobre las cosas que le había dicho a mi anterior compañía, me puso tieso. Así fue que empecé a quebrarme por dentro sin que te dieras cuenta; tenías atajos para esas respuestas que te di tartamudeando, pero frente a esos silencios impronunciables no había nada que hacer. Alucinado por ese ángel que ponía el alma de escudo y que respiraba toneladas de oxígeno, decidí cuidar el prestigio de las pocas palabras que podía gritar. Y tan mal no me fue. Nos empezamos a poner amables entre Evita, los Piojos, Discépolo, Don Arturo y el mar y estuve a punto de hablarle de aquel latigazo de milagro que sentí. Pero no hubo forma de explicar esa revolución de sensaciones, no supe como y ya era demasiado tarde.
Se fue.
Salí de ese bar a caminar y mirar el cielo que estaba pálido. Nada encontré en ese gris madrugador. Ni una explicación a la desolación que se arrastraba como mi sombra. Así fue que empecé escribir, algo que sigo haciendo como un trabajo. Pero supongo que aquella primera vez fue sólo para no olvidarte. Ahora vuelvo a encontrar parte de ese salvaje escrito remarcado en un libro que debo haber publicado en esos tiempos donde la editorial me azotaba con el contrato, exigiendo historias nocturnas. La frase que viene a retrucarme que el paso del tiempo a veces es una sensación dice así: “no sé bien por qué suceden algunas maravillas, suelo sospechar que la ficción sigue buscando su lugar en la realidad y que en esa pelea gana batallas que se cristalizan en encuentros de este tipo”.
Volví a pensar en vos, creo que fue amor, y estuvo bien no volverte a ver nunca más, no me gustan los desamores.
Fin.
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