>La
murga porteña
SUEÑOS DE CARNAVAL
>28/06/06
Dime –¿me escuchas?–, parece comenzar la fiesta, ya, transmutados cientos de febreros de asfaltos y calles; escrito que volverá luces y colores, tal vez fines de semanas, meses, años después, bajo complicidades que, vigentes, escapen a nuestros sentidos.
Entre tanto, corsos y zapatillas, rostros pintados y besos que amanecen en vasos de vino… Y es que lo han dicho ya tantos, juglares y trovadores nos han enseñado que es el mundo el que se da vuelta, o al menos lo parece; y en eternos cansancios de cuadras, saltos al viento, los sueños de siempre se empapan en sudor y choripanes.
Y en silenciosas suavidades; porque aún en la locura callejera, esa, que se instala, se anuncian, suavidades… Cuánto, Dioses lejanos; y junto a ciertos versos que enamoran, sentir presencias de amores incipientes y no, mereciendo sus propias voces que destacan al viento ese quiebre que arrogante, nos redime...
¿Serás, carnaval, fiesta por detrás del mismo dolor? ¿Será, sangre que corre más rápido que de costumbre y se acelera, allí, en el costado izquierdo del pecho…? ¿Sabrás, fiesta, calles que se cortan y caminamos tan nuestras, todas las sonrisas que desplegamos?
Digo, una vez más, te dedico carnaval, te dedico mis sueños de hoy, las glosas callejeras del Sur de los Sures...
Cuando remontamos memorias atrás, tal casi una voz perdida: “carnavales eran los de antes…”, que se pierden a lo lejos, en sillas que airean en puertas de clubes eternos; palabras que ya sobran cuando la murga se prepara para una nueva presentación… Carnavales lejanos en donde yo no sabía, no estaba, no nacía, las murgas eran algo así como grandes centros que todo lo abarcaban, enormes en su “ser tradicional”; en su insignia barrial, hasta conservadora; el fútbol solía meterse por los poros, y cada una era un estandarte cuál baluarte de soberana identidad –que en su diferencia, clamaba soberbia, siempre todos, somos los mejores, flor de murgón…–.
Ha pasado el tiempo –en los medios–, traspasando, doliendo, muriendo, han aparcado dictaduras que prohibieron básicamente que la gente se juntara en la calle, lugar de pública razón y emociones, y algo que venía de allá lejos, del canto y el toque de los negros –sus tambores devenidos en bombos con platillos– quedó relegado a la “seguridad” del encierro y el silencio…
Son marginal, música del Río de la Plata, de acá y allá del río que cruza, que parece separar y no, augurando culturas enlazadas, alimentada una y otra vez con ritmos de suaves parcialidades, candombes, milongas y hasta el mismo tango, que por aquí se resignificaron, revivieron en un nuevo canto murguero y en un baile, que aprendió a desafiar las censuras con sus saltos, y los quiebres de garganta renovados en emociones callejeras…
Historia ya conocida de marginados, de los mismos límites y las fronteras, aquel fenómeno parecía no trascender al “bajo pueblo”. Lumpenaje rebelde y contestatario, aquellos, los que se ubicaban/ubicados “del otro lado”, realzados en espacios siempre postergados –las vacaciones de los pobres, como he sabido escuchar alguna vez–.
Y fue tan sólo furor, unas ganas por demás, un re-conocimiento encomendado, incipiente “nosotros”, expresión que desde hace relativamente poco tiempo, encontró liberación en la transgresión de su propia lógica, caminando a un costado, desafiando los procesos sociales, enarbolando banderas de movilización y demandas en la búsqueda de identidades de un mismo país golpeado por el dolor, casi maniatado, errante y difuso…
Paradójicamente, una década de desmovilización en nuestro país y propia deshumanización del sujeto a nivel mundial –globalizaciones mediante–, realzó razones que han permitido que las murgas llegaran a otros estratos socio-económicos y culturales, a la misma Universidad de académicos y prestigios. Fue una década, la de los 90, cuando junto con el auge de los Centros Culturales y los talleres artísticos, la clase media recelosa de la fiesta callejera ahondó en viejas historias ya insolentes, recuerdos borrosos que no llegaban al mismo cuerpo certero, a la vez que nuevos bailarines encontraran, en sus ansias de lo que suele ya emocionar, lo que en un tiempo parecía estar vedado a quienes buscaban en la fiesta de la calle mostrar orgullosos el barrio y los colores.
Orillas, orilleros, negros y bailes que salvan el mismo sometimiento –justo antes de su desaparición entre fiebres y guerras; las cadenas que se rompen, trastocadas en un baile hechizado, cuál representan esas patadas, latigazos al aire, en una matanza ahogada en sudores, disturbios y cuerpos ardientes que suelen desarmarse en la búsqueda de la libertad.
Trajeados con levitas, guantes blancos y galeras, los murgueros siempre han parodiado y caricaturizado a la aristocracia argentina, a los gentleman de fines del siglo XIX, tan excéntricos y arrogantes, políticas de exclusión que aguardaron momentos siempre precisos para excluir y matar; en sus colores el negro se espanta ante el mismo brillo. Parte desde allí, desde antes, y en sus críticas siempre audaces, la murga porteña ha sabido combinar sabiamente su andar callejero, con seducciones de trasnoches y arrabales.
De estilos... Los barrios fecundaron en su vuelco cada baile, como único, cuando las murgas no tenían esa posibilidad de verse en inviernos, y cada barrio representaba un modo particular, y al bailar, las diferencias rompían mitos de homogeneidad –eléctricos, graciosos, plagados de sensualidad… Quienes comenzamos a encontrar en la fiesta fiebre de febrero ansias de redención, familias enteras que tímidas tomaban la calle –por tantas décadas vedada–, recuperamos la misma heterogeneidad de los barrios, y evaluamos su aprendizaje, aprehendiendo diversos usos y peculiaridades de historias paralelas, que hasta perecían nunca tocarse.
Así, supimos que quedarnos en corsos a ver otras murgas era encontrarse con amigos y mismos sueños, alegría estampada al cielo en críticas insolentes, las más, audaces; y los que más, encontrando en ella una herramienta para el cambio social y cultural –como el arte lo es, siempre…
Cuando ya las fronteras comenzaron a ser borrosas, cuando los límites entre la cumbia y el rock and roll hacía la suerte de un espacio compartido, el ser con el otro se manifestó de manera hasta jactanciosa: de un golpe fue un baile el que enamoró y la eterna complicidad de sonrisas que brillan en la oscuridad nuestro único destino.
Hoy, pareciera por momentos que la fiesta se ha instalado en la gente, en las mismas calles; que digo, se enuncia cual ella propia; y en Buenos Aires, murga porteña, no es tal de estar completamente instalada en la gente; tanto que por momentos realza faltas para vivirla en completud, ella, la de siempre todos... Aún, por enormes momentos se percibe, en el aire, en los ensayos, la idea de cierta alquimia pagana, del estar bailando y sonriendo juntos en un propio sentido, el de la sutil elegancia y la seducción del baile...
Ha pasado otro carnaval, los cuerpos respaldan en su descanso historias de desafíos y destinos…
Gabriela Nacach |