>La
murga porteña
BUENOS AIRES, PACHA MOMO
Por Cristian E. Vitale
Todavía canta,
todavía
pide, todavía sueña, todavía espera,
todavía.
“Es como un viejo de cien años que todavía camina
por las calles”
(Coco Romero)
Todavía no
se había asomado por entre
los intersticios del Demócrata Socialista que
se decía Tabaré Vázquez el poco
democrático y cuasi-capitalista presidente de
los uruguayos que luego se nos fue haciendo patente
y algo, digámoslo, odioso. Todavía Uruguay
miraba con malos ojos al “Señor de los
Cañones”, al decir de Silvio, también
llamado Bush.
Todavía no había ocurrido esto, decía,
y para que no haya malos entendidos, y sin embargo
el gran estudioso de la murga, Coco Romero, ya hablaba
con escondida pero enfática sorna de nuestros
queridos hermanos del otro lado del charco. Y sin desprecio.
Simplemente una sorna que no excede los límites
exactos del tema que más le y nos atañe
y le y nos entusiasma. La murga; la murga porteña.
Cualquiera de nosotros, poco enterado sobre el tema,
no vacilaría en decir que la llamada “murga
porteña” cruzó a nado el Río
de la Plata en sentido sudoeste, cargada de bombos
y manos en los parches, de trajes y voces entonadas
formando prolija armonía, tirante y estridente. Pero
Romero, como buen estudioso, desmiente el sentido común,
es decir, la chusmería fácil de las charlas
de café. Romero es claro. La murga llega con
los inmigrantes, a este y al otro lado del río.
Pero con una diferencia (y acá oigo una sorna
velada del estudioso): mientras que los elementos recién
llegados del otro lado del Océano llegan a Buenos
Aires y “se aclimatan”, diríamos,
se adaptan; a Montevideo llegan como por un túnel,
casi sin mojarse, pareciera decirnos Coco, intactos,
idénticos. Pero no quiero ser yo el que hable: “los
uruguayos copian tal cual el estilo de Cádiz”.
Esto no necesariamente es una crítica. Los uruguayos,
Romero lo acepta sin sonrojarse, hacen buena murga,
mejor, esto lo digo yo porque creo que lo piensa y
sugiere en repetidas ocasiones él, mejor, decía,
que la que se hace acá, de este lado del agua.
Pero esta introducción no deja de ser una nota
de color, y él no se regodea en comparaciones,
o al menos en comparaciones valorativas.
Coco Romero es un estudioso de la murga porteña
y su vecino o padre el carnaval. Pero no sólo.
También es músico y también es
docente (“devuelvo lo que fui recogiendo a lo
largo del camino”). Esas son para él “las
tres patas” insoslayables de cualquier trabajo
serio sobre el tema.
En la entrevista que le hizo Loop Alterno ejerció,
digamos, la tercera, pero no menos importante, de las
patas de su sólido edificio cultural. Hizo docencia,
quiero decir, nos contó cosas, nos enseñó.
Por ejemplo nos contó que la murga bebió de
varias fuentes. Evidentemente llegó a Buenos
Aires y se encontró con otros géneros
ya más o menos estatuidos que más que
amedrentarla la hicieron crecer y esos géneros
son “el tango primitivo o prostibulario y el
circo criollo”. Muchos de los gestos, de las
piruetas, de los movimientos, de las melodías,
etc., provienen de esas dos fuentes con las que convivió el
nuevo género llegado de Cádiz, de Andalucía,
del Sur de España, como tantas otras cosas,
entre ellas nuestros abuelos, al pisar el puerto y
encontrarse con esa maraña informe de gente
e ideas que era Buenos Aires allá por 1880-1900.
También desmitificó la idea “negra” que
solemos tener los legos sobre la murga. No hay ya casi
elementos “negros” en la murga porteña,
o, al menos, no que hayan venidos de fuentes originales. “La
murga porteña es totalmente cuadrada”,
calificativo que descarta cualquier posibilidad de
copia de los sofisticados ritmos africanos. Además,
continúa, si algo negro le quedaba, “la
murga se termina de blanquear cuando se cambia la mano
sobre el parche por la maza”, y habla, claro
está, de la manera de hacer sonar el instrumento
más característico del género
que es, precisamente, el “bombo de murga” (compuesto
por bombo y platillo)... ¿el platillo?... “ese
viene de Oriente”, liquida.
Y sigue. “La murga, tal cual la conocemos hoy,
nos viene de la murga de los 50’s”, los
trajes, las levitas, los guantes blancos, la homogeneidad
de los vestuarios, todo eso, parece, fue así acá en
Buenos Aires, desde la época del peronismo y
caída del peronismo. Y claro, a Perón
le vinieron bien los bombos. Perón hacía
ruido. Le gustaba. A Cortázar (al genial Julio
apolítico o aspirante a aristócrata de
esa época) no le gustaban mucho y se fue a París
donde, parece, no hay bombos, o por lo menos no los
hubo hasta la furiosa década siguiente en la
que él mismo los hizo sonar y cómo. “Los
bombos peronistas no me dejan escuchar a Mozart”,
decía, impecablemente cínico, don Julio.
Pero esto es un excurso, una digresión que me
permití. Vuelvo.
Lo que le importa a Coco Romero, y acá es donde
quizá radique la importancia de que su voz se
amplifique y algunos hagamos eco, es que para que haya
murga tiene que haber carnaval. Y cuando Romero dice
carnaval no alcanza con que apretemos el pomo (chiste
social que habla a las claras de la idea precaria que
tenemos de lo que es un corso). La murga es hija del
carnaval. Sin carnaval no hay murga y “sin alegría
no hay carnaval, sin disfrazados no hay carnaval, sin
romper límites no hay carnaval”. El corso
concebido como hoy se lo concibe acá, (remata
por si no nos quedaba claro) es una cosa sin destino”.
Hacia allí apunta su militancia. A que vuelvan
aquellos corsos, a que retorne, acá hay nostalgia, “ese
espacio para la alegría” que son los carnavales.
Pero claro; la tantas veces triste idiosincrasia porteña
asocia la risa con la pavada, la alegría con
la estupidez, la diversión con la precariedad,
y así. Se puede hacer murga y hacer buena murga
a la vez. Se puede escribir “El Avaro” y
llamarse Moliere. Se pueden preparar voces y afinar,
a la vez que nos divertimos. Nos podemos disfrazar
y disfrazar bien. Podemos bailar y bailar bien. Sí,
dirán, pero eso ya lo hace el rock (cosa que
también discutiríamos largamente). Pero
aunque así fuera, el rock, que tiene entre
sus bandas a Los Auténticos Decadentes, a Los
Fabulosos Cadillacs, a Los Piojos y hasta a la Bersuit;
gente que tiene entre sus temas un “Mal bicho”,
un “Fasolita querido”, un “Matador
nací en Barracas”; esa gente y esos temas,
que quizá afinen, que quizá bailen bien,
que quizá laburen seriamente en eso que hacen,
tienen un pequeño inconveniente en su contra.
Que no hacen murga. Coco Romero, y acá los dejo
peleando con él, es rotundo. El rock ha sido
el gran dispositivo difusor de algunos elementos murguísticos,
bombos, ritmos, letras, etc., ha hecho bien en ese
sentido, le ha dado a la Argentina un mercado que la
murga no tenía o, estrictamente hablando, no
tiene; como sí lo tienen otros países
como el Uruguay o regiones como la de Cádiz,
pero, repite, la murga es otra cosa.
El rock bebe de la murga como la murga bebió del
tango, del circo, de la anarquía, pero no es
murga. Es que la murga es otra cosa.
Pero Romero tiene
una mirada no desprovista de esperanza. Por eso y para
eso milita. Para eso dicta talleres en el Centro Cultural
Rojas y forma a futuros murgueros o estudiosos del
tema, para eso da notas a revistas más o menos
especializadas, para eso dirige una revista muy interesante
de difusión gratuita
llamada El Corsito desde hace más de
diez años, para eso ha formado grupos murgueros
desde hace casi 20 años en todo el país,
para eso, quizá y entre otras cosas, cante,
etc., para y por eso.
Para que la alegría pueda convivir con la calidad
y que ni una ni otra mueran ni se estorben. Para que
un intervalo de quinta bien afinado pueda llevarse
bien con una sonrisa de oreja a oreja o con una protesta
de los márgenes.
Para finalizar, tiro una ignorancia
al aire. Pensé que
Coco Romero se explayaría sobre la función
política, no de la murga en general, sino de
sus letras, pero calló. Me pregunto si esa idea
que tenemos acerca de las letras murguísticas
como panfletarias (en el buen sentido del término,
si es que lo hubiera) no es más propia de otras
culturas como la uruguaya y que quizá no se
haya dado históricamente tanto acá. Puede
ser.
Lo que sí queda claro en las palabras de
Romero es que la murga, y ahora sí hablo en
general, e incluso me extiendo hacia el gran sitio
de la murga que es el carnaval, “es el dispositivo
cultural más poderoso que tiene una cultura” (y
quien dice cultura dice política, en el buen
sentido, ahora sí). y se entusiasma: “es
un dispositivo cultural de la puta que lo parió”,
y como si faltara detallar, “es la fecha del
calendario anual que puede ser la más poética,
la más bella, la más hermosa...”
Pero, por lo menos de este lado del Río de la
Plata, no lo es. Sí, en el Noroeste argentino,
sí, en el Litoral, sí; pero no acá.
Pero el carnaval “tiene cientos o miles de años
sobre sus espaldas”, viene, por lo menos, de
la Edad Media, y acá los dejo con Romero que
lo dirá mejor que yo; porque Romero se queja
de los pibes que hacen murga por moda, pero le gusta
que haya vida en las plazas; porque se queja de que
a la vuelta de la democracia sobrevivan nada más
que siete ocho murgas, pero le gusta el combate...
decía, disculpen, que lo dejaba hablar a él
cuando dice: “el carnaval tiene cientos o miles
de años sobre sus espaldas y, puede adormecerse,
pero no va a morir por dos o tres militares imbéciles”.
Y
estaría bueno no decir nada más.
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