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>14/06/06
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Los libros

TRES LIBROS, UNA VIDA
Por Cristian E. Vitale

...de chico me gustaba jugar con los libros de la biblioteca de mi padre,

hacer cosas con ellos, usarlos para los juegos, etc.,

hasta que un día se me ocurrió leerlos.

(Alejandro Dolina)


¿Qué cosa es un libro?
Obra científica o literaria de bastante extensión para formar volumen, me contesta el diccionario, pero insisto: ¿qué cosa es un libro? Conjunto de hojas manuscritas o impresas, cosidas o encuadernadas juntas... ¡Ah!, digo. Y me quedo pensando.

¿Qué cosa es un libro, entonces? Llego a la fácil conclusión de que el libro es un montón de cosas (el diccionario me seguiría contestando si me obstinara en preguntar), pero entre ellas, el libro es eso, quiero decir, una cosa. Esto es, un pedazo de mundo, una materia, un peso, una textura, una rugosidad, un color, un objeto que si lo dejáramos caer en una bañera con agua experimentaría un empuje vertical, de abajo hacia arriba, igual al volumen de líquido que desalojaría, según la famosa fórmula de Arquímedes. Eso es: el libro es una cosa.

Los medievales lo sabían bien e hicieron culto de ello. En la Edad Media los monjes, por lo general ellos, trabajaban laboriosamente durante muchas horas a fin de darle al objeto-libro una presentación que tendría quizá tanta importancia como su contenido o, por lo menos, hablaría bien de él. Sí, claro, hablaría bien de él. Los hombres medievales concebían al objeto-libro ni más ni menos que como una obra artística que poseía un valor independientemente del contenido del mismo. Y, claro, uno por uno. No había nacido Gutenberg. Pero Gutenberg nació y sin embargo no todo es tan distinto. Tengo entendido, me dirán, que El código Da Vinci no se imprimió uno por uno. Tengo entendido, contestaré, no sin sorna, que para los grandes emporios editoriales importa tanto o más (seguramente esto último) el continente que el contenido. Y no porque consideren el objeto-libro como una obra artística, una ocasión para crear belleza, sino más bien porque entienden mucho de marketing y saben que la cultura occidental ha privilegiado (desde sus inicios, pero cada vez más) la vista por sobre los otros sentidos, porque saben que la apariencia ha ido ganando terreno sobre “la esencia”, porque saben que ya estamos metidos hasta el cuello en una era llamada tristemente “de la imagen”, porque saben que la masa cree (tarea cumplida para ellos) que una imagen vale más que mil palabras, etc., es decir, porque así venderán más; que es, claro está, su objetivo más urgente y exclusivo.

Así es que, la Edad Media y La Edad de la Imagen habían tenido, por lo menos, un punto en común; esto es, no olvidar que el libro, aparte de un libro es, también, y no quiero redundar, un libro.

Sirva lo que antecede como introducción. En realidad lo que me interesa compartir es una experiencia personal que me ha llevado a postular la hipótesis, difícil de probar, es cierto, ustedes me perdonarán, la hipótesis, decía, de que un orden de una biblioteca es la confesión de una vida, un orden determinado de cuadernillos rectangulares de cartón, de cosas, en los estantes de madera o en el escándalo de un piso o una mesa, es una biografía, o, por lo menos, un, más o menos inconsciente o voluntario, autorretrato. 

Veamos. Cuando tuve mi primer libro no hubo problema, lo dejé por ahí. Esa era mi biblioteca (estricta o etimológicamente hablando: sitio donde se guardan libros). Cuando, al tiempo, tuve mi segundo libro, tampoco hubo demasiado problema, lo dejé ahí al lado del otro. Esa seguía siendo mi biblioteca. El problema empezó a suscitarse con el tercero, conjugado con mi manía por el orden racional de las cosas. Los recuerdo. Eran, disculpen mi conservadurismo lector, El Quijote, libro español escrito en un castellano más o menos antiguo, parodia humorística o tragicómica de las novelas de caballería que la precedieron, iniciador de la novela moderna, libro canónico de la literatura de habla hispana, escrita por un soldado desterrado y olvidado que vagaba por las cortes en busca de mecenas, buen libro para mi gusto, escrito en una prosa por momentos de un lirismo brillante, etc., etc. En mi breve biblioteca también estaba el Martín Fierro, obra cumbre de la llamada “literatura gauchesca”, escrito en sonoros versos octosílabos de dicción gaucha por un bonaerense de pasado semi-rural, libro decimonónico que defiende sin sordina, destacando sus virtudes y justificando sus flaquezas, al hombre marginal que seguía siendo el gaucho por estas pampas, y por lo tanto libro político si los hay, muestra ejemplar de poesía narrativa, que Borges llamó (en broma, como quizá todo lo que dijo) novela de aventuras; y el Julio César de Shakespeare, título de los menos recomendables del encantador y a veces increíble dramaturgo, a mi juicio, con un argumento histórico que es el de la conspiración y asesinato de Julio César en los Idus de Marzo del 44’ antes de Cristo, la represalia posterior de los sucesores de César y la heroización final de Marco Junio Bruto, conspirador y asesino del César, por su nobleza y convicciones morales y políticas.

Se me dirá, qué problema puede haber para yuxtaponer tres libros en una supuesta o pretendida biblioteca. Lo que sucede es que el problema no radicaba, como dije antes, en los libros, sino en la conjunción de los libros y la manía clasificatoria del poseedor de dichos libros. Se supone, o yo lo suponía, que la biblioteca empieza, como las páginas de los libros, de izquierda a derecha, con lo cual había un primer, un segundo y un tercer lugar a ocupar. Y se supone, o yo suponía, que la numeración no es objetiva sino altamente valorativa como los peldaños de un podio o los puestos de un ranking. Al principio el orden fue, por supuesto, el de llegada. El tiempo. Entonces quedó Quijote (Enero), Martín Fierro (16 de Febrero, fecha de mi cumpleaños), Julio César (16 de febrero a la tarde, cuatro o cinco horas después que el de Hernández). Pero luego empezó a parecerme injusto, o, por lo menos, arbitrario. Definir un orden por la simple sucesión de sus respectivas llegadas a mi biblioteca era la fácil imposición de un criterio totalmente externo y superfluo que nada tenía que ver con los libros en sí. Entonces pensé otro orden. Busqué una salida no muy lejana a la anterior para no descalificar tan de golpe al hombre que había sido yo hacía poco tiempo cuando ubicaba los libros por orden de llegada. Entonces el criterio siguió siendo temporal, cronológico quiero decir, pero esta vez de carácter interno a las obras. Tenía la ventaja de ser objetivo, sin conflictos. Entonces quedó Julio César (1600), Quijote (1605-1615), Martín Fierro (1872-1879). Y listo; solucionado. Pero resulta que el orden seguía sin convencerme. Resultaba que ahora me quedaba una obra de poca monta, de unos 60 páginas (una traducción cualunque, en verdad) escrita por un inglés en el lugar número uno, pegada a una obra maestra de mil páginas compuesta por un castellano que escribía en mi lengua madre, y en tercer lugar, allá en el fondo de la biblioteca, a uno, según había escuchado, de los padres de la literatura argentina, que había sacado del olvido a uno de los personajes más representativos de nuestra patria... No. Evidentemente el orden era otro. Y la cronología seguía siendo el criterio de mi interés. Tuve una idea brillante (después supe que ya otros la habían tenido antes, pero mucho antes): pensar el tiempo al revés. Me dije: porqué poner en primer lugar, por qué privilegiar, lo que ocurrió antes y después, postergar, lo que ocurrió después. Por qué mi biblioteca tiene que reproducir el sentido “real” del tiempo. Por qué no pensar las cosas como las pensó Poe y luego toda la literatura policial y de suspenso. Por qué no darle prioridad a lo más reciente y dejar caer en un compasivo olvido a lo que ocurrió hace mucho y quizá ya no tenga que ver tanto con mi presente, o justamente para ir encontrándole una explicación a esto que hoy pasa. Fue como un sentimiento de rebeldía que me invadió. Ahora sí. Martín Fierro (1872-1879), Quijote (1605-1615), Julio César (1600). Y así quedó durante un tiempo (unas horas).

Pero a la mañana siguiente algo en mí no estaba conforme con el orden definido la noche anterior. ¿Por qué el tiempo? me dije, por fin.

Entonces pensé en el espacio. Ahora sí la cosa iba quedando clara. Primero la patria, pensé, después la lengua, después el resto, y asentí. El orden resultante es obvio: Martín Fierro (Argentina), Quijote (España), Julio César (Inglaterra). Ese orden me dejaba levemente contento por más de un motivo. El primero de ellos era el de sentirme un patriota (cómo iba anteponer a los asesinos de nuestros indios antes que los defensores de nuestros indios, cómo a los fríos asesinos de nuestros jóvenes soldados antes que nuestros abuelos emprendedores y cálidos, etc.), otro era el de que se correspondía un poco más con mis placeres de lectura (sin emplear un criterio enteramente subjetivo como hubiera sido el del gusto), si bien Cervantes, en ese caso, hubiera precedido sin duda a nuestro José; y el otro era que estéticamente, a la vista quiero decir, quedaba mejor, puesto que quedaban primero los libros de mayor tamaño y por último el endeble y flacucho tomo del inglés.

Dicho orden duró hasta la noche. Esa noche sentí algo de vergüenza al caer en la cuenta de lo que había hecho. Había privilegiado criterios que, si bien algunos son más inherentes a la obra que otros, todos caían en el facilismo de pensar en el orden de una biblioteca sin pensar en la literatura. Bien sabía yo que nada tenía que ver el Martín Fierro con el Quijote, literariamente hablando, y por lo tanto no podían estar uno al lado del otro sugiriendo la proximidad espacial una proximidad literaria de la que carecían. Era obvio que el libro de Cervantes, con sus teatrales diálogos en forma de payadas, tenía mucho más que ver con el drama de Shakespeare que con la narrativa exposición cervantina. Había que sacarse esa vergüenza y entonces opté por ese criterio “genérico” que me sacaba de un bochorno inconfesable. Decidido. Shakespeare y Hernández irían juntos. Los puse al final. Primero iría Cervantes como jefe de la literatura que era. Y así quedó. Creo que por dos o tres horas.

Pero ya no seguiré contando los sucesivos órdenes que fui probando porque ni siquiera los recuerdo y además no ignoro que puede parecer, para algunos, improcedente. Entonces no detallaré los órdenes de “colores de portadas”, “colores de lomos”, “gusto” al fin, “influencias”, “grados de popularidad”, “perdurabilidad”, “semejanzas en las texturas”, “calidad de las ediciones”, etc., juro, etc., confieso, etc.

No voy a revelar cuáles son los criterios actuales del ordenamiento de mi biblioteca que, por otro lado, ya ha superado, a Dios Gracias, los tres libros del comienzo que tantos dolores de cabeza me han traído. Y no lo digo, no por temor al aburrimiento de un lector ya quizá resignado o disperso, no por pereza memorística, no. No lo digo porque he comprendido que el ordenamiento en una biblioteca de esas cosas que son los libros, la disposición voluntaria o involuntaria de esos rectángulos de cartón, de esos pedazos de pretéritos árboles, ese ordenamiento, digo, es, queramos o no, una confesión. Ese ordenamiento habla de mí, de mis preferencias, de mis gustos, de mis prioridades, espacio o tiempo, ser o parecer, sujeto u objeto, pequeñas cositas de las que se ha encargado el hombre desde, por lo menos, 2500 años, sin tregua. No lo digo, no detallo el orden actual de mi biblioteca, decía, porque todo orden de una biblioteca es una confesión, un acto de nudismo, una autobiografía o un autorretrato, un diario íntimo arrojado al aire, una publicación de la privacidad.

Y la desnudez la guardo, perdón, para el amor o la poesía.

Agradecemos a Roberto Mansilla, editor de Profonde (ezine sobre ilusionismo)








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