>19/07/06
>Versos, creación y libertad
APOLOGÍA DEL AIRE
Por Cristian E. Vitale
Supongamos que la idea preexiste al verso. Esto es, que el poeta tiene una idea más o menos clara, más o menos vaga, más o menos puesta en palabras, que pretende versificar. Después de dicha suposición, supongamos que nos llamamos Héctor Chavero (pero preferimos que nos llamen Atahualpa Yupanqui) y que ya llevamos escritos, además de cuatro estrofas, tres versos de la última estrofa de una zamba a la que llamaremos “Luna tucumana”. Es decir debemos escribir el último verso de una zamba que versa no sobre la luna sino sobre una luna que es la nuestra, la ligada a nuestro paisaje, a nuestra idiosincrasia, a nuestro trajinar diario y hasta a nuestra afectividad.
Los tres versos mencionados rezan:
En algo nos parecemos
...
Yo voy andando y cantando,
que es mi modo de alumbrar.
La idea parece completa. El poeta encuentra una semejanza subjetiva entre la luna y él vinculada con la capacidad de dar luz, de iluminar, en su caso metafóricamente, claro, a las almas que habitan la tierra. La idea del canto, o la poesía en general, como un modo de “despertar”, “advertir”, o simplemente de crear belleza, emocionar, enriquecer, encender, etc., a los hombres es un motivo recurrente en mucha poesía. Claro que aquí no vamos a vacilar en convenir en que está dicho de una manera extraordinaria. Nos sentimos orgullosos de nuestra creación pero nos sigue faltando el segundo verso. Repasamos las estrofas anteriores y advertimos que es la primera vez que nos referimos a la luna, al objeto de nuestra obra, en segunda persona; la primera vez que la interpelamos, que le hablamos a ella. Entonces caemos en la cuenta de que debemos nombrarla. Claro, está la posibilidad de llamarla por su nombre, “luna”, pero hay un inconveniente insoslayable: “luna” tiene dos sílabas y necesitamos siete. Y no sólo eso; necesitamos además que la última palabra del verso que creemos sea aguda, y como si eso fuera poco, es preciso que la última sílaba de dicha palabra termine en a, puesto que debe rimar con “alumbrar”. Es todo un problema; todas las cosas que se nos ocurren transgreden alguno de los requisitos antes mencionados. A esto se suma que se trata de una zamba y que hay ciertas palabras, ciertas selecciones léxicas, que nos están vedadas. Nunca escuchamos en una zamba, o en una obra folclórica en general, las palabras “cibernética”, “estación de servicio”, “neurosis”, “bulimia” o “resiliencia”. Estamos por acobardarnos de tantas restricciones a nuestras libertades artísticas, vamos a dejar inconclusa nuestra hasta ese momento bellísima zamba, cuando al fin se nos ocurre: “luna de la soledad”. Gritamos ¡Eureka! Lo hemos encontrado. Y entonces cantamos:
En algo nos parecemos,
luna de la soledad.
Yo voy andando y cantando,
que es mi modo de alumbrar.
A veces siento que es exagerado, pero otras veces siento que no, que ese verso, “luna de la soledad”, es uno de los grandes versos que se han escrito. Intento entenderlo y me resulta difícil, pero creo que es justamente esa “inasibilidad” lo que me conmueve. Dice tanto en tan pocas palabras y con palabras tan de todos. Es nombrarla, sí, pero también es asociarla con un estado afectivo, con un momento del día en que ese estado es particularmente insistente o profundo. Quien tenga el saludable hábito de escuchar a Atahualpa con alguna frecuencia y, sobretodo, detenimiento, sabrá que es él quien escribió: “Amalaya la noche traiga recuerdos/ que hagan menos pesada la soledad” o “Por qué la noche es tan larga/ guitarra, dímelo tú”, etc. Y todo dicho de esa manera; casi sin decirlo, “luna de la soledad”, ya está, pensó.
Pero no es mi intención hablar sobre el gran Héctor Chavero, ni sobre la luna y menos de la soledad. Hago todo este recorrido para ilustrar una idea que toda persona que alguna vez haya ejecutado (merecido o perpetrado) alguna obra creativa ha sentido, sospechado o pensado. La idea, que ahora nos atrevemos a decir porque estamos a más de veinte años de la tortura animal de unos canallas que entre otras cosas censuraron brutalmente, de que en ciertas ocasiones la restricción de la libertad creadora nos lleva por caminos insospechados y, muchas veces, no todas, claro, hacia un resultado también insospechadamente mejor.
He tenido la precaución de cerciorarme, antes de escribir estas palabras, de que ni André Breton, ni ninguno de sus colegas surrealistas cuya justa y bienvenida bandera era la libertad, entre otras la creativa; me he precavido, decía, de que el escritor francés no sea uno de los posibles lectores de estas líneas ya que su justa ira recaería violentamente sobre mí y demás responsables. Quiero decir, estas palabras corresponden a un momento histórico en que ciertas libertades se hayan de tal modo garantizadas como para que alguien pueda escribir, desde una visión libertaria de la vida, una apología de la restricción de la libertad o incluso de la autocensura.
Los últimos dos siglos han sido muy enfáticos respecto de la posición autónoma y libre del creador frente a su obra. Primero los revoltosos y valerosos románticos y luego las iracundas e iconoclastas vanguardias han puesto el acento en la necesidad de una libertad absoluta del artista. Bienvenidos. Pero, insisto, desde un lugar histórico mucho más generoso en cuanto a libertades respecto de los siglos pasados, y desde la mirada de alguien que tiene como oficio la selección de palabras y el conteo de sílabas, me aventuro a decir que ciertas restricciones, a veces, no vienen nada mal.
Claro que estas restricciones no son impuestas desde fuera y si lo son esto es relativo. Quiero decir, a Atahualpa la restricción de tener que escribir un octosílabo terminado en a acentuada le vino desde fuera, pero fue él quien eligió escribir una zamba, esto es, crear sobre las bases regladas de un sistema que le es ajeno y que lo trasciende. Juan José Saer, en cuya concepción de la literatura la noción de libertad creadora ocupa un lugar destacado, escribió, en la cima de su carrera de escritor, una novela policial, esto es, una novela creada sobre la base de un código rígidamente establecido, a saber, un detective, un hecho delictivo y horroroso, una intriga a develar. Todo está en su novela (La pesquisa), que, si bien es cierto que le da una vuelta de tuerca al género policial, también es cierto que lo hace sobre la base del respeto, no la sumisión, a ciertos códigos heredados del género.
En ocasiones se me hace que es muy ventajoso seguir los vericuetos de nuestro pensamiento, quitarle las piedras para que circule con libertad y autodeterminación. El caso extremo quizá sea el de los surrealistas, que vieron en toda intervención no sólo del medio exterior, del pasado, de la política, de la historia, etc., un obstáculo inconcebible para la expresión del artista, sino incluso de la razón, de las operaciones mentales tendientes a encauzar la materia prima que provenía del inconsciente, prestigiado por la efervescencia psicoanalítica en boga. Decía que en ocasiones la ausencia de control es indudablemente (y esencialmente) propicia para la gestación de la obra de arte; pero en otras instancias, también, el bloqueo de los caminos habituales, espontáneos, esto es “fáciles” (quítesele la carga valorativa del calificativo), del pensamiento nos depara felices sorpresas. El abanico de posibilidades se restringe, pero, inesperadamente, se expande o, mejor, se generan otros abanicos. Muchas posibilidades que ni siquiera estaban contempladas aparecen y enriquecen el resultado.
Por otra parte, aunque existen gradaciones, por supuesto, las posibilidades siempre distan mucho de ser infinitas. Pensemos en la revolución del verso libre. Este sería un ejemplo contrario al citado de Atahualpa. El verso libre es un modo de composición que elimina toda restricción de rima o métrica. Es decir que los versos tienen la cantidad de sílabas que les place y terminan en las vocales y consonantes que les place. Pero reparemos en que esto es cierto parcialmente. Sabemos que los primeros versificadores libres (el inventor fue el norteamericano del siglo XIX, Walt Whitman), cuyo hábito de lectura y escritura era el verso tradicional, como es obvio, se cuidaban especialmente en no caer en la rima o en la métrica por casualidad. Esto es, era un verso que tenía todas las posibilidades excepto ser otra cosa, excepto ser un verso tradicional.
Con esto quiero decir, y para sacarlo un poco del ámbito estrictamente creativo y llevarlo al de la vida en general, que la libertad es siempre algo relativo que debemos cuidarnos de exaltar sin mesura o sensatez. No sea cosa que nos hagan creer que elegir el celular que quiero es una elección. Pero escuchemos a un buen poeta:
Mi amor, la libertad no es fantástica,
no es tormenta mental que da el prestigio loco,
es mar gruesa y oscuridad
y el chasquido que quiere proteger
ese grito que no es todo el grito.
Todo aquel que crea más en Freud que en Sartre, estará, probablemente, de acuerdo con estas palabras. Después de todo, y volviendo a la creación, no han salido tan malos sonetos (catorce versos endecasílabos de estricta rima consonante) de las manos de Garcilazo de la Vega, Quevedo o Borges, incluso.
Como dijo alguien alguna vez: “para la paloma el aire es un obstáculo, pero sin él no podría volar”. Con lo que quiso decir: no podrá haber escrito, no se le hubiera ocurrido, “luna de la soledad”.
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