>Martín
Rejtman
EL
TRIUNFO DE LA REPRESIÓN (DESDE
EL CINE DE MARTÍN REJTMAN)
Año
1999. En la mesa de un bar con un grupo de gente, Ricardo Malfé –importante académico,
investigador y psicoanalista– comenta que fue
al cine a ver una película excelente, acerca
de las relaciones humanas en el mundo contemporáneo
que retrataba muy bien el enorme vacío de
subjetividad de nuestro tiempo y su repercusión
en el campo de las relaciones sociales; pero lo que
más le había llamado la atención
había sido la reacción del público: “La
gente estaba enojadísima, se levantaba y abandonaba
la sala con indignación, protestando por lo
mala e insulsa que era la película que se
estaba exhibiendo. La gente no comprendía…”.
Y
sí: la gente no comprendía; del mismo
modo, quizá, en que a veces nos cuesta reconocer
nuestra propia imagen en el espejo. Al contrario de
Narciso, la imagen que se nos presenta nos inspira
rechazo en vez de atracción, pero al igual que
en el mito, nos es imposible reconocernos en ella.
La película en cuestión era Silvia Prieto,
el segundo de los tres largometrajes realizados hasta
el momento por Martín Rejtman –los otros
son Rapado (1992) y Los guantes mágicos (2005).
El tema y la idea subyacentes son los mismos en los tres
filmes, como también parece idéntica la
intención de la mano que mueve los hilos de esas
marionetas que son sus personajes. La unidad de cada
largometraje está constituida principalmente sobre
las líneas que dibujan el retrato urbano de una
generación: se trata del mismo mal expresado a
lo largo del tiempo, en los distintos momentos de la
vida.
Rapado muestra un grupo de adolescentes
post-colegio secundario, desmotivados
y aburridos, a la deriva en un mundo
tan indiferente y frío como ellos
lo son.
En Silvia Prieto, jóvenes veinteañeros
deambulan como zombis por sus áridas vidas entre
la frivolidad y el desencanto.
Ya en Los guantes mágicos la depresión
se ha instalado con toda su pesadez y la salida no es
más que una ilusión; ilusión del
espectador, claro: para los personajes ni siquiera la
depresión o la ausencia de ella parece instaurar
alguna diferencia en la monótona continuidad de
la vida. Estar deprimido no tiene ningún sentido,
como tampoco lo tiene no estarlo. Todo forma parte de
una misma monstruosa máquina sin nombre. Lo que
domina es la indiferencia. No hay rebelión ni
desafío: sólo vacío de sentido,
ausencia de ideales, reflejados en la exterioridad y
la distancia de una estética fría. La depresión
se perfila aquí como patología social,
una suerte de “democratización de la enfermedad
de vivir” (Giles Lipovetsky) que trasciende la
trama individual así como las circunstancias del
momento.
Los personajes de Rejtman están solos. Pero no
es la soledad de los héroes ni de las almas poéticas:
ningún vértigo la acompaña, ninguna
pasión la tiñe. La soledad se ha convertido
en un hecho, una banalidad al igual que la vida cotidiana.
Las relaciones intersubjetivas han sucumbido al proceso
de desencanto: el yo ya no vive entre otros; previamente
atomizado y separado, cada uno se hace agente de ese
desierto de autonomía y neutralidad asfixiantes.
El mensaje del cine de Martín Rejtman es justamente
que no hay mensaje, no hay nada que decir, por lo tanto
todo puede pintarse con la misma fría objetividad –una
separación, un casamiento, un embarazo, un buen
negocio, una muerte que en otro contexto sería
trágica… Aquello que su cine denuncia es
aquello mismo que provoca el rechazo del público,
ya que la denuncia es la película misma.
Ahora bien, ante un panorama tan desolado y desesperanzado, ¿qué ocurre
con la angustia, que lejos de ser el motor que pone en
marcha alguna transformación parece más
bien brillar por su ausencia? La angustia está,
pero no brilla: ha tomado la forma del aburrimiento y
la apatía. Según Freud “hay enfermos
a los que la angustia respeta en absoluto mientras obedecen
a su obsesión (…) Así pues, si la
angustia no se manifiesta al exterior es porque ha sido
reemplazada por los síntomas”.
En el cine de Rejtman todos los actos (las conversaciones,
los gestos, acciones e intercambios) están ejecutados
como actos obsesivos: el contenido y el afecto están
separados por un abismo; ha triunfado la represión.
Citando a Lipovetsky: “No contento con producir
el aislamiento, el sistema engendra su deseo, deseo imposible
que una vez conseguido resulta intolerable. Cada uno
exige estar solo, cada vez más solo, y simultáneamente
no se soporta a sí mismo, cara a cara. Aquí el
desierto ya no tiene principio ni fin”.
Sin embargo, el desencanto supone que algo hubo antes.
Algo se vislumbra como resto de lo que fue –la
infancia, el amor, la pasión, el entusiasmo. Algo
que insiste, como si dijera: esto no siempre fue así,
antes del desierto hubo otro paisaje.
¿Se tratará de afrontar la sensibilidad
del dolor para salir de este estado de narcosis anestésica?
Habrá que volver a Godard, y como él en
el ’59, entre la tristeza y la nada, elegir la
tristeza.
*Giles
Lipovetsky citad19-feb-07 1998)
*Sigmund Freud extraído de “Lecciones introductorias
al psicoanálisis” (Losada, 1997)
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